Participaron la conservadora
del Museo del Prado, Leticia Ruiz; la presidenta de la
asociación Amigos del Museo de Altamira, Carmen
de las Heras y el profesor de la Universidad de Cantabria
Julio Polo; ejerció de moderador el director y
fundador del Museo Marítimo del Cantábrico,
José Luis Casado
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Juan
Guimerans, presentando el acto de los museos en el
que intervinieron Leticia Ruiz, José Luis Casado
Soto, Carmen de la Heras y Julio Polo (de izquierda
a derecha). En la otra fotografía, aspecto
del salón de actos de la ONCE con el numeroso
público asistente. |
El Foro Becedo se pregunta
para qué sirven los museos
El segundo debate público
convocado por el Foro Becedo desde su creación tuvo
lugar en el Salón de Actos de la Fundación
ONCE, dedicado a la incidencia de los museos en la sociedad.
El panel de experimentados profesionales encargados de iniciar
el intercambio de ideas estuvo compuesto por la conservadora
del Museo del Prado, Leticia Ruiz; la presidenta de la asociación
Amigos del Museo de Altamira, Carmen de las Heras y el de
la Universidad de Cantabria Julio Polo; ejerció de
moderador el director y fundador del Museo Marítimo
del Cantábrico, José Luis Casado.
Leticia Ruiz basó
su intervención sobre el concepto de los museos como
servicio público, describiendo la enorme proyección
social que los mismos pueden conseguir allí donde
se les dota de los medios y personal apropiados para el
correcto cumplimiento de sus fines. Llegó a afirmar
que el estado en que se encuentran los museos de una sociedad
es un indicador muy expresivo de la calidad de la comunidad
a que pertenecen.
Julio Polo incidió
sobre otros dos aspectos fundamentales entre los que justifican
la existencia de los museos, el de su labor didáctica
y, el menos conocido, de su condición de centros
de investigación de primer orden. A pesar de que
la legislación española no reconozca oficialmente
su actuación en este campo, a diferencia de lo ocurre
en países más desarrollados.
Carmen de las Heras también
insistió en la notable función didáctica
no reglada ejercida por los museos en la actualidad, mediante
la que difunden conocimiento, de una manera grata y lúdica,
entre amplias zonas de la sociedad. Asimismo dio a conocer
la importancia que pueden tener las asociaciones de Amigos
de los Museos para lograr un mayor y mejor aprovechamiento
de los mismos. Hizo historia de tal movimiento asociativo
y de su articulación en federaciones nacionales e
internacionales.
En el subsiguiente debate
abierto, no sólo se matizaron los hechos e ideas
expuestos en el preámbulo, sino que fue cuando se
plantearon temas más cercanos y comprometidos con
la realidad de Cantabria. Uno de los tratados fue el de
la confusión y equívocos que provoca la ausencia
de categorización y ordenación que actualmente
se da en la región, respecto a las entidades que
se titulan “museo”, pues si bien esta Comunidad
Autónoma cuenta con seis u ocho museos que, más
o menos, merecen el nombre de tales, también hay
algo más de dos decenas de entidades que usan la
misma denominación sin contar con las colecciones,
los servicios ni las plantillas de profesionales cualificados
que para ello establecen los estándares exigidos
por los organismos internacionales competentes.
También se planteó
debate sobre el papel de eficaces intermediarios entre el
museo y la sociedad que pueden desempeñar, y de hecho
desempeñan en otros países, los voluntarios
culturales. Aunque ello contraste llamativamente con el
hecho de que la ley promulgada al respecto por el Parlamento
de Cantabria, hace ya cuatro años, se haya visto
frustrada por la oposición gremial a su puesta en
marcha desencadenada por los guías culturales profesionales.
No obstante, en otras naciones, sobre todo las septentrionales,
se ha logrado superar con eficacia estos malentendidos,
mediante la correcta dotación de las plantillas de
los museos, tanto en número como en cualificación,
a la vez que se definían con claridad los ámbitos
de actuación de los voluntarios.
Si bien en Cantabria el
Estatuto de Autonomía (1981) otorga a la región
la competencia exclusiva sobre los museos que en ella existen,
La Ley del Patrimonio Cultural (1998) compromete al Gobierno
Regional a dotarlos de “medios humanos y materiales
suficientes” y tenga promulgada una Ley de Museos
de Cantabria (2001), parece que aquí, a diferencia
de lo que viene ocurriendo en otras nacionalidades y regiones
españolas, no se han llevado a cabo las acciones
conducentes a ordenar y realizar de hecho lo establecido
de derecho. En consecuencia con esta situación, quedaron
muchas más preguntas formuladas a los poderes públicos
de las que los preocupados ponentes y interesado público
supieron responder.
¿Por qué sólo
hay uno de los museos cántabros entre los más
de doscientos que conforman el Sistema Español de
Museos? ¿Por qué no existe en la región
un Censo o Registro estructurado de sus museos, definido
con claros criterios profesionales, ni una Red operativa,
ni siquiera un Mapa de los museos de Cantabria, como los
que hay en otras autonomías? ¿Por qué
no se ha reunido ni una sola vez en 24 años de Autonomía
a los responsables de los museos de Cantabria para planificar
su acción concertada? ¿Por qué no existe
un Plan Director de Infraestructuras Museísticas,
integrado y en coherencia con el deseable Plan General de
Infraestructura Cultural, asimismo inexistente? ¿Cuentan
los museos de Cantabria con el personal y las dotaciones
necesarias para llevar a cabo con solvencia su labor en
los campos de la investigación, la conservación
y la difusión cultural que les son propios?
Al final del debate, el
sentir general pareció coincidir en la certidumbre
de que, para que los museos puedan cumplir eficientemente
las funciones que, en otros sitios más afortunados,
tantos beneficios procuran a sus sociedades, es preciso
que haya una clara y decidida voluntad política dedicada
a sacarlos adelante, puesto que está más que
comprobado el que la mera normativa legal al respecto resulta
papel mojado en ausencia de tal voluntad.
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